Hay una abuela o un abuelo en los afectos de todo el mundo, como hay una familia, fuente de las emociones que de verdad marcan y, por eso, escenario de conflictos y distanciamientos más o menos profundos.
Así, dos hermanos, Mafalda y Diego, después de mucho tiempo sin contacto con la abuela Pilar, se ven sorprendidos cuando el albacea de aquella los llama para entregarles su herencia, una casa de campo en Portugal y un dinero, pero con una indicación chocante: deben utilizar ese dinero para poder liberarse del trabajo y así disponer de tiempo para crear una historia que perpetúe la memoria familiar, una vez que Mafalda, como su abuela, siempre ha sido una gran contadora de historias. Es motivo con larga tradición: las mujeres como portadoras de la memoria.
Mafalda va un paso más allá y decide hacer la tal narración en forma de filme. Ahora bien, ese designio, para poder ser realizado, va a obligar a los hermanos a reformular su vida, en complicidad con el compañero de Mafalda, Ricardo, al mismo tiempo que pugnan, en Galicia y en Portugal, para superar los enormes obstáculos que la producción cinematográfica entraña para outsiders como ellos.
Una relación entre hermanos como no recordamos en la historia del cine
Para Mafalda y Diego, en su intentar ser fieles a la voluntad de Pilar, no se trata apenas de cerrar la herida abierta por la ruptura familiar ocurrida tras la muerte accidental del padre de ellos; se trata, sobre todo, de reencontrar las memorias de la abuela perdidas y ahora recuperadas a través del personaje de Domingos Martíns –amigo de Pilar secretamente enamorado de ella– y así dar a esta la única permanencia posible, hacerla venir a la vida de Mafalda e Diego.
Este filme trata de los múltiples caminos del amor, el amor de los que nos precedieron y nos dieron la vida, el amor de los hermanos, el amor de los amantes y como todos ellos configuran, a través de la familia, la base y el principio de cualquier comunidad. De ahí el significado que la casa de la abuela adquiere para ellos, hasta el punto de arraigarse en ella y hacerla la suya, como deseaba la abuela.
Amor, identidad, memoria
Además de ser un canto a la familia, Otros amarán lo que yo amé es un canto al noroeste gallego-portugués, porque la odisea de nuestros personajes suscita las cuestiones de la identidad, tanto individual como colectiva, y de la memoria, tanto personal como social. El título del filme lo expresa bien: amar aquello que nos transmiten nuestros antecesores, una casa, una tierra con un enorme poder de atracción, una lengua (el gallego, que intenta sobrevivir a su marginación secular), y, también, el encanto de las pequeñas diferencias que enriquecen nuestra identidad, como, aquí, la relación con Portugal.
Una narración ágil y luminosa
Para dar forma a esta comedia dramática, era indispensable un elenco capaz de convertir a los personajes en seres vivos y fue misión principal de Raul Veiga dirigirlo para conseguir que el filme emocione al público. Contamos así con un grupo de excelentes actores portugueses y gallegos: Francisca Sobrinho (“Mafalda”), Tiago Araújo (“Diego”), Xosé Barato (“Ricardo”), António Capelo (“Domingos Martíns”), María Barcala, Artur Trillo, João Cardoso, Isabel Vallejo, Manu Fernández o Elena Seijo. En el equipo técnico, debemos destacar, al lado de los jefes de equipo portugueses con especial relieve para la música de Paulo Pires, los nombres de dos colaboradores habituales del director, Juan Carlos Gómez (más de un centenar de créditos en la IMDB), en la dirección de fotografía, y Guillermo Represa, en el montaje.
La paleta cromática de las localizaciones (responsabilidad de Jorge Lourenço) y el vestuario (de Ana Isabel Nogueira) hacen sentir intensamente la presencia del otoño y la bellísima Ponte de Lima y, en general, el paisaje del Miño es el paño de fondo sobre el cual Mafalda, Diego y Ricardo, bajo la mirada benévola de Domingos Martíns, intentan encontrar los caminos de su libertad, en una narración ágil y luminosa, que desemboca en un final sorprendente.